Una de las cosas más sorprendentes y tristes de nuestra historia es el adelanto tecnológico que alcanzamos tras las horribles guerras a las que parece condenarnos nuestra naturaleza humana. Estados Unidos no hubiera sido la gran potencia mundial de la segunda mitad del siglo XX sin la II Guerra Mundial y la penicilina. A la no menos cruel I Guerra Mundial debemos innovaciones médicas como la anticoagulación de la sangre, su almacenamiento y transfusión en frascos de vidrio. Ese conflicto cruel hasta el delirio llevó al desarrollo de la cirugía reconstructiva para los soldados heridos. Y al reconocimiento formal que un combatiente que se niega a luchar escapando, física o mentalmente, de las trincheras no es simplemente cobarde, como se les había acusado por siglos, sino un ser humano que sufre una condición llamada entonces “neurosis de guerra” y hoy diagnosticada como Estrés Postraumático. Claro que eso ocurrió tras fusilar a decenas de soldados por desertar y tratar a oficiales, de más alta clase social, en clínicas siquiátricas por la misma razón. No quiero pecar de ligereza al considerar que quizás un efecto salutífero del conflicto colombiano haya sido rescatar al cacao como cosecha alternativa para algunos de nuestros sufridos agricultores en el posconflicto. Una reciente crónica de El Tiempo se titula “¿A qué sabe la paz?”. Y más abajo contesta “En Nariño, la paz sabe a chocolate”. Por esto me ha parecido interesante comentar un poco lo de las guerras, los secretos y virtudes médicas del chocolate. La excelente crónica de Perla Toro Castaño termina con una frase de George Bernard Shaw que resume parte de lo que narraremos: “¿Para qué sirven los cartuchos en la batalla? Yo siempre llevo en su lugar chocolate”. Pues alguna gran fortuna chocolatera tuvo su origen en los trozos de chocolate que llevaban los soldados en sus bolsillos y cartucheras. Durante la Guerra Civil Española (1936-1939) Forrest E. Mars, un industrial norteamericano, observó que los pobremente dotados soldados españoles llevaban siempre “pellets” o balines de chocolate que no se fundían bajo el inclemente sol ibérico. Al volver a los EE. UU. sugirió a un socio (Murrie) que fabricaran algo similar y nacieron los famosísimos M&M por sus apellidos patentados en 1941 nueve meses antes que el gobierno norteamericano declarara la guerra a las potencias del Eje. El lema publicitario que los popularizó hacía referencia a aquella experiencia de los soldados españoles. Se anunciaba como el primer chocolate “que se derrite en tu boca, no en tu mano”. Por supuesto que vendieron muchos. Y poco tiempo después se incluyeron en las raciones de los soldados estadounidenses, viajando en sus mochilas por todo el mundo. La receta original española es una gloria secreta de la repostería ibérica: el chocolate atemperado o templado. Hay instrucciones precisas para hacerlo, no es fácil, pero con él, un chocolate de corteza que cruje y suave interior, se pueden hacer fantasías que hacen salivar a cualquiera. No sé con certeza si lo inventaron los españoles pero ya que hablamos de su gastronomía gourmet una de la mejores formas de nutrirse, sí nutrirse, con cacao es el espeso chocolate español. Perdonando el menos saludable churro aunque algún pecado nutricional puede cometer uno. Ahora sí, hablemos de las virtudes médicas del cacao. La palabra viene del olmeca kakawa y significa comida divina, como ya la llamó el emperador azteca Moctezuma el Joven: “Comida divina que aumenta la resistencia y disminuye la fatiga”. Ya que este gobernante fue débil ante los conquistadores españoles pero tuvo diecinueve hijos podríamos concluir que la fortaleza del chocolate no es para la guerra sino para el amor. Los antiguos mexicanos la usaban como remedio para la diarrea y se ha demostrado en nuestros días que bloquea el transporte de cloro en la mucosa del colon. Con un significativo efecto antidiarreico. Los antiguos mexicanos la usaban como remedio para la diarrea y se ha demostrado en nuestros días que bloquea el transporte de cloro en la mucosa del colon. De esta manera tiene el cacao un significativo efecto antidiarreico. Esto se debe a los flavonoides del cacao que además son potentes antioxidantes y antiinflamatorios. Estos últimos efectos han estimulado la investigación de los efectos beneficiosos del chocolate en enfermedad coronaria, aterosclerosis y demencia. No quiero sugerir que el cacao es otra panacea más de las que se hace propaganda en muchos medios de comunicación. Hace falta confirmar y cuantificar sus buenos efectos en nuestra salud orgánica. Pero no hay duda que el chocolate mejora nuestro estado de ánimo. De hecho hay estudios serios indicando que los pacientes deprimidos tienen a veces hambre de chocolate y lo consumen en exceso. Para “adictos” al chocolate (los hay) algunos sugieren prescribir en casos extremos otros “antidepresivos” evitando calorías excesiva Aunque encontramos varias anécdotas militares asociadas al cacao como comida para la guerra es más un saludable alimento para la paz, el bienestar y el gozo de nuestros días. Cultivemos, preparemos, comamos chocolate viviendo en paz.

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